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Galicia fue famosa en la antigüedad por sus minas de oro, agotadas ya en tiempos
de los romanos. Actualmente también se realizan actividades mineras y se extrae
estaño, cobre, wolframio, lignito, plomo, cinc, hierro y magnesita. Cabe
destacar recientemente la extracción de cuarzo y la transformación de granito y
pizarra. A pesar de esta variedad, los rendimientos de las explotaciones mineras
son pobres, debido a que el mineral aparece mezclado con otros materiales y ello
dificulta tanto la extracción como el refinado posterior.
Galicia, como se ha mencionado con anterioridad, cuenta con una notable
superficie forestal, lo que permite una amplia explotación maderera con fines
múltiples, como materia prima (principalmente para la producción de aglomerados,
tableros y muebles) o celulosa (destinada a conseguir pasta de papel).
Galicia es la primera región pesquera de Europa y aporta más del 50% de la
producción pesquera española, con un importante efecto multiplicador en el
sector secundario (conservas, alimentos precocinados, cultivos marinos y
construcción naval). La flota de altura se dedica fundamentalmente a la captura
de bacalao, merluza y pescadilla. Los puertos principales de este tipo de pesca
son los de Vigo y A Coruña. Los recursos costeros se explotan a través de la
flota de bajura, repartida a lo largo de todo el litoral. Un subsector
excepcional está constituido por las capturas y criaderos de mariscos (vieiras,
zamburriñas, ostras, mejillones y berberechos), crustáceos (nécoras, centollos,
percebes y cigalas) y de especies como el pulpo y el calamar. No obstante, el
sector pesquero atraviesa momentos difíciles debido a la disminución de las
zonas de pesca (lo que motiva litigios con otros países a la hora de faenar en
sus aguas territoriales), la mengua de algunas especies sobreexplotadas, el
envejecimiento de la flota, el pequeño tamaño de las artes pesqueras y la
captura de las crías sin dar tiempo suficiente a su reproducción natural.
Además, el sector pesquero se ha visto afectado por la contaminación de las
aguas costeras: en las últimas décadas han tenido lugar varios accidentes de
petroleros que han vertido decenas de miles de toneladas de crudo junto a las
costas gallegas y han originado mareas negras cuyos restos acaban con las
comunidades marinas y terrestres, las cuales tardan numerosos años en
regenerarse (Polycommander en 1970, Urquiola en 1976, Andros Patria en 1979, Mar
Egeo en 1992 y Prestige en 2002).
Finalmente, cabe señalar que la belleza de los parajes gallegos, así como su
clima fresco en verano, constituyen un reclamo para el turismo, principalmente
el español.
La primeras pruebas que demuestran la presencia humana en Galicia se remontan al
paleolítico (gándaras de Budiño) y tienen como primera manifestación artística
los megalitos (3.000). Se conservan en buen estado los dólmenes de Dombate (Cabana)
y Dumbría (Casa dos Mouros). También de época prehistórica (edad del bronce,
1700-500 a.C.) cabe destacar los tesoros de piezas de oro de Caldas y Golada,
expuestos en el Museo de Pontevedra. Con la llegada de los celtas procedentes
del centro de Europa (siglo VII a.C.) se inicia la llamada cultura de los
castros, poblados fortificados de planta circular u oval cubiertos de paja y
ramas. Los más conocidos son los de Santa Tecla (A Guarda, en Pontevedra), Foz
(Lugo) y Castromao (Celanova, cerca de Ourense).
La costa gallega era transitada en la antigüedad (desde el año 1000 a.C.) por
las naves griegas y fenicias, las cuales, en la ruta hacia las míticas
Casitérides, hacían escala en algunas rías. No obstante, Galicia entró en la
historia escrita con la llegada de los romanos (siglo I a.C.). Fueron
precisamente estos pobladores quienes dieron nombre al país (Gallaecia) y
organizaron su primera administración en tres distritos (conventus) con
capitales en Lucus Augusti (Lugo), Bracara Augusta (Braga) y Asturica Augusta
(Astorga). La huella civilizadora de los romanos queda hoy atestiguada por las
famosas murallas de Lugo, el puente romano sobre el Miño y la Torre de Hércules
(A Coruña). A pesar de la tradición, según la cual la evangelización de las
tierras gallegas corrió a cargo del apóstol Santiago el Mayor, las noticias
arqueológicas parecen confirmar la llegada de los primeros cristianos,
probablemente procedentes del norte de África, durante el siglo III. Con la
desintegración del Imperio romano a partir del siglo V, el territorio gallego
fue ocupado por un pueblo germánico, los suevos, que organizaron un reino
independiente. Posteriormente, quedó incorporado al reino visigodo de Toledo
(siglo VI).
Con la llegada de los musulmanes el reino visigodo se desintegró y Galicia fue
ocupada durante algunos años por los islámicos (siglo VIII). Pronto fueron
expulsados de la tierras gallegas por el rey asturiano Alfonso I el Católico,
que incorporó Galicia al reino de Asturias. Fue en el siglo siguiente cuando se
produjo un hecho legendario de gran trascendencia para el futuro de Galicia: el
descubrimiento del sepulcro del apóstol Santiago en tiempos del obispo Teodomiro
(813). Así nació Santiago de Compostela en torno a un pequeño templo, que fue
convertido por Alfonso III en una rica basílica de tres naves. Durante algún
tiempo, Galicia fue un reino independiente. Efectivamente, a la muerte de
Fernando I (1065) Galicia correspondió por herencia a García I, que estableció
la capital del reino en Ribadavia e impuso vasallaje a los reinos taifas de
Badajoz y Sevilla. En 1090, Alfonso VI de León depuso a su hermano García y
concedió Galicia, a título de condado pero con relativa independencia, a su hija
Urraca, casada con Raimundo de Borgoña. También concedió las tierras al sur del
Miño (condado de Portugal) a su otra hija, Teresa, casada con Enrique de
Borgoña. Este fue el origen de la desmembración del espacio político-cultural
medieval formado por Galicia y el reino de Portugal. A pesar de ello, durante el
siglo XII y bajo la acción política del obispo Diego Gelmírez, Galicia vivió uno
de los capítulos más brillantes de su historia. El final de la edad media estuvo
marcado por las Guerras Irmandiñas (siglo XV), revueltas campesinas contra la
opresión feudal que se saldaron con el triunfo de la nobleza sobre las
pretensiones populares (ver Irmandiño). A finales del siglo XV y principios del
XVI, con la llegada al poder de los Reyes Católicos, Galicia pasó
definitivamente a depender de Castilla. Durante su reinado se empezó “la doma y
castración de Galicia”, en palabras de Jerónimo Zurita; los escribanos fueron
obligados a abandonar los formularios en gallego, la justicia pasó a depender de
Valladolid y los monasterios quedaron sujetos a las casas centrales castellanas.
La Santa Hermandad y la Inquisición se establecieron en Galicia como elementos
unificadores respecto al resto del territorio peninsular.
La edad moderna fue, en general, una época de decadencia, ya que Galicia, aunque
estuvo al margen de la política castellana, sufrió sus consecuencias. Las
guerras con Inglaterra arruinaron el comercio tradicional de vino y lino;
Francis Drake atacó repetidamente las ciudades costeras y la guerra con Portugal
(1640-1649) aceleró la regresión económica. Durante el siglo XVIII, la
introducción de nuevos cultivos, como el maíz y la patata (papa), parecieron
sacudir un poco la atonía gallega, si bien los beneficios obtenidos fueron
invertidos en gastos suntuarios. Son de esta centuria las grandes obras del
barroco gallego y la remodelación y construcción de los grandes pazos (casas de
campo de la nobleza).
La edad contemporánea se inició con la guerra de Independencia contra los
franceses (1809) y se caracterizó, de una parte, por el tono liberal de las
grandes ciudades (el carlismo tuvo poca incidencia), y, de otra, por la voluntad
de restauración cultural del país, cuya primera versión política fue la
revolución gallega de 1846, saldada con el fusilamiento en Carral de los doce
dirigentes de la revuelta. Continuó durante la segunda mitad del siglo con la
generación del Rexurdimento (resurgimiento) cultural y la formulación del
galleguismo político, debido a Manuel Murguía y Alfredo Brañas.
El siglo XX se caracterizó por la relativa industrialización de algunas zonas
del país (Ferrol, A Coruña y Vigo) y la formación de un proletariado poco
numeroso pero muy combativo, en gran medida organizado dentro de corrientes
anarquistas. En junio de 1936, Galicia aprobó en plebiscito por una gran mayoría
un estatuto de autonomía que, debido a la sublevación militar del 18 de julio
del mismo año y de la posterior dictadura franquista, no llegó a entrar en
vigor. Al estallar la Guerra Civil, Galicia pasó a estar controlada desde el
principio por las tropas nacionalistas. A pesar de esta ‘fidelidad’ militar
inicial y del hecho que el mismo general Franco hubiera nacido en Ferrol,
Galicia bajo el franquismo no prosperó y sus zonas interiores fueron de las más
subdesarrolladas y aisladas de España (a pesar de la construcción de los accesos
terrestres y de cierta promoción de sus industrias preexistentes). Con la
llegada de la democracia, Galicia pasó a regirse por el Estatuto de Autonomía
refrendado mayoritariamente y vigente desde el 6 de abril de 1981.
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